Pelagra: La demencia que se confundió con una epidemia infecciosa

"Niña en un orfanato de Londres con Pelagra". 1925. A.J.E. Terzi

La siguiente crónica cuenta con un héroe, huérfanos desatendidos, alguna extraña fiesta y un peculiar escuadrón. Frente a ellos, el orgullo y las soberbias fuerzas institucionales. Esta es la historia de la pelagra.

El incidente

Entre los años 1906 y 1940 una extraña enfermedad asoló Estados Unidos, centrándose en la zona del sur. Más de tres millones de personas fueron afectadas, y más de 100.000 murieron. La plaga era la pelagra, y era conocida como la enfermedad de las tres “d”, debido a sus tres síntomas principales: dermatitis, demencia y (el peor síntoma de todos) diarrea. La cuarta “d” era la muerte (“death” en inglés). La incidencia de esta patología causó estragos sobre todo en orfanatos, instituciones mentales y zonas rurales.

Dermatitis por pelagra
                          Dermatitis por pelagra

La pelagra no era desconocida. De hecho, fue un médico español, Gaspar Casal, quien la identificó en el año 1735 como “mal de la rosa” (por el color rojizo que adoptaba la piel debido a la dermatitis) o “lepra asturiana” (“Historia Natural y Medicina del Principado de Asturias”, 1735). También se observó en países tales como Italia, Rusia, Francia, Rumanía y Egipto.

Pelagrofobia

Hasta ese momento, los brotes de pelagra que habían aparecido en la historia eran reducidos y controlados, pero su manifestación a principios del siglo XX en Estados Unidos se catalogó como una de las mayores epidemias del país, superando a la muerte por tuberculosis. Esto creó un pánico nacional conocido como “pelagra scare” (“miedo a la pelagra”) o “pelagrofobia”.

Se desconocía el origen de la enfermedad, el modo de contagio y cómo de rápido podía propagarse. Se realizaron diferentes especulaciones sobre si la pelagra era debida a un agente infeccioso, a la picadura de un insecto o a una toxina que contenía el maíz de la zona.

Movido por la pelagrofobia, el Servicio de Salud de Estados Unidos en 1908, creó la Asociación Nacional para el Estudio de la Pelagra, nombrando al doctor James Babcock como presidente.

Pero el trabajo asignado al doctor no fue tarea fácil. En el Georgia State Asylum for the Insane (el instituto mental de la ciudad de Milledgeville) hubo 40 muertes por pelagra en 1908, 73 al año siguiente y la cifra había aumentado hasta 220 para 1915, con casi 1.500 casos en esa institución. Además, en 18 estados más hubo un total de 16.000 afectados por pelagra ese mismo año. Babcock observó que los afectados estaban desnutridos y que esto podría ser la clave del origen de la enfermedad.

Mientras tanto, ante la amenaza de una calamidad nacional, el gobierno creó una comisión paralela para el estudio de la pelagra, que fue subvencionada en parte por filántropos. Tras diversas investigaciones, la comisión concluyó que la pelagra no se relacionaba con la desnutrición, y que su propagación era más agresiva en zonas de pobreza porque sus habitantes habían estado en contacto con otros contagiados. Pero no se logró ninguna solución ni indicios de las posibles causas de la enfermedad. La mortalidad seguía aumentando.

En 1909 se creó una nueva comisión presidida por el doctor Claude H. Lavinder, un reconocido epidemiólogo que planteaba la transmisión de la pelagra a través de la picadura de un insecto. Aún así, no se alumbraba ninguna solución y se comenzó a considerar el asunto como una causa perdida.

La plaga incómoda

Durante estos años la pelagra azotó 36 estados, aunque el 90 por ciento de los afectados se ubicaban en los nueve estados sureños: Florida, Georgia, Kentucky, Luisiana, Misisipi, Carolina del Norte y del Sur, Tennessee y Virginia.

Este hecho comenzó a provocar un dolor de cabeza chico al gobierno. Los dirigentes sureños se quejaban de un infundado alarmismo social que señalaba al sur como zona apestada. Las comisiones creadas para el estudio de la pelagra asociaban a estos estados con la pobreza, y la idea no era muy bien recibida. La pelagra comenzaba a ser un estigma social. El orgullo sureño estaba empezando a herirse hasta el punto de que se temía que “el sur se alzase de nuevo”.

No fue de ayuda la carta escrita por el Doctor Joseph G. Goldberger al Servicio de Salud, en la que asociaba la pelagra con la desnutrición, ni tampoco su posterior filtración a la prensa, que acabó inflamando aún más orgullos y dignidades.

El rumbo al que se inclinaban las investigaciones de las diferentes comisiones anti pelagra no parecían agradar al Sur, el cual rechazó la ayuda de la Cruz Roja. Los senadores se defendieron alegando que los informes de plaga y desnutrición en sus estados eran absurdos, afirmando que “cuando esta zona sufra de hambruna, el resto del mundo estará muerto”.

Estos acontecimientos provocaron que en 1914 el doctor Babcock fuera destituido y acusado de dañar el progreso y la reputación de Carolina del Sur. Mientras tanto, la pelagra seguía cobrándose vidas.

Dado que la pelagra había sido descrita en Europa siglos antes, los estados sureños se justificaron culpando a la elevada inmigración italiana que habían estado recibiendo en los últimos años, la cual habría portado la enfermedad a Estados Unidos. Nadie se percató de que ningún italiano padecía pelagra.

La llegada del héroe

La molesta carta del Dr. Goldberger filtrada a la prensa no pasó desapercibida, y fue vista con buenos ojos por el Presidente de los Estados Unidos, que lo nombró como nuevo director de la comisión de investigación. Y así fue como el Dr. Goldberger se convierte en el héroe de esta historia.

Dr. Joseph Goldberger
         Dr. Joseph Goldberger

Durante su estancia en orfanatos e instituciones mentales asolados por la enfermedad, Goldberger observó un hecho curioso: en las instituciones mentales todos los afectados por pelagra eran pacientes. Ningún médico o trabajador contrajo nunca la enfermedad. En los orfanatos ocurría algo similar con la diferencia de que los aquejados por pelagra eran los niños con edades comprendidas entre los 6 y 12 años. Esta evidencia condujo al doctor a centrar su investigación en la diferencia de rutina entre los afectados y los no afectados.

La teoría del insecto quedaba descartada ya que habría algún indicio de enfermedad entre los trabajadores. Otra de las teorías barajadas era una toxina en el maíz, pero los trabajadores comían la misma comida que los residentes en las instituciones. Aunque en realidad existía alguna diferencia: los trabajadores de las instituciones mentales y los orfanatos comían antes que los internos y se llevaban la mejor parte (bebían leche dos veces al día y comían carne frecuentemente). Además, los trabajadores comían también fuera de las instituciones en sus días vacantes. En los orfanatos los niños menores de 6 años tomaban toda la leche disponible en la institución, y los mayores de 12 años tenían trabajo fuera del centro donde se incluía la comida. Parecía obvio: la clave estaba en la dieta.

¿Y cuál era la dieta de los enfermos con pelagra? Pues resultó ser una muy pobre: la grasa de la carne (la carne de verdad se la comían los trabajadores), sémola de maíz y melaza. Todos los días y sin variación.

Goldberger realizó un estudio en dos orfanatos y una institución mental, en los que incluyó leche y carne en la dieta. Los casos de pelagra cesaron ese año en esos centros. Sin embargo, aún existían detractores de la teoría del doctor, los cuales no admitían las palabras “Sur” y “hambruna” en la misma frase. Esto, sumado a que el coste del mantenimiento de esta dieta era excesivamente caro (700$ al mes por cada centro), provocó que se diese fin al estudio. Al año siguiente el 40% de los residentes de estas instituciones murió por pelagra.

El Escuadrón Pelagra

Goldberger, vilipendiado, humillado y desacreditado, veía cada vez más cerca su final en la Comisión. Las autoridades del Sur se habían obstinado en propagar que sus teorías eran infundadas y absurdas. Había que hacer algo.

A Goldberger se le ocurrió una idea: escribió al Gobernador de Misisipi solicitando su colaboración para realizar un experimento con reclusos. Dado que los presos eran personas no gratas en Misisipi, al Gobernador no le pareció mal que un doctor experimentase con ellos, todo sea por la ciencia, y le cedió un grupo de 11 “voluntarios”. Se trataba de reclusos de crímenes menores, a los cuales se les ofrecía la posibilidad de condonar la condena a cambio de su voluntaria participación firmada. La buena noticia para los presos fue que no tenían que someterse a instrumental quirúrgico, agujas o extracciones/inyecciones de fluidos, únicamente tenían que comer. La mala noticia fue lo que tenían que comer.

Este grupo de 11 presos liderados por Goldberger se conoció como el “Escuadrón Pelagra”.

Goldberger pretendía someter a los presos a un régimen alimenticio similar a la de los orfanatos, para comprobar que era la dieta la causante de la enfermedad, pero el doctor era un hombre compasivo y decidió hacerla más rica y variada: Galletas, caldo, pan de maíz, sémola, arroz, berzas y batatas, y eliminó la carne, el pescado y la leche.

Durante los meses que duró el experimento los presos afirmaban estar pasando un calvario, e incluso alguno de ellos solicitó “una muerte rápida por una bala”. A los ocho meses, más de la mitad de los reclusos contrajeron pelagra. A Goldberger se le acusó de tortura. El experimento fue desacreditado.

Las “fiestas carroñeras”

Goldberger debía demostrar su teoría a toda costa, pero el gobierno sureño y los científicos afines a él seguían afirmando que la pelagra era infecciosa.

El doctor decidió orientar sus experimentos hacia una nueva perspectiva con el objeto de demostrar su teoría de modo absoluto. Para ello organizó lo que se denominó las “fiestas carroñeras”. Se trataba de reuniones en las que el doctor, sus colaboradores y su esposa se inyectaban sangre de pelagrosos para luego proceder a untarse el cuerpo con pellejos, heces y orina de los infectados. Tras esto, elaboraban una masa con tan gratos ingredientes y tragaban varias dosis. Ninguno de ellos contrajo pelagra (alguno sufrió nauseas, pero fue pasajero).

El gobierno del Sur siguió sin dar crédito a Goldberger ni a sus particulares fiestas.

El Factor G

Goldberger se dio cuenta de que cualquier demostración sería inútil contra el orgullo sureño, así que reorientó su investigación hacia la búsqueda del factor que curase o previniese la pelagra.

La clave estaba en la dieta, así que aisló y comparó los nutrientes incluidos en la dieta de los afectados con los que estaban ausentes. Encontró un factor que estaba presente en la carne, el pescado, los huevos, la leche y las legumbres, pero que nunca aparecía en los derivados del maíz con los que se alimentaban los enfermos de pelagra.

Tras diversas publicaciones, Goldberger comenzó a tener crédito y concluyeron en denominar a este factor “Factor G”, por la inicial de su descubridor. El doctor prefirió bautizarlo como “Factor Preventivo de Pelagra” (PPF).

Años después se identificó el PPF como Niacina o Vitamina B3, actualmente imprescindible en la dieta.

El doctor Joseph Goldberger se considera como uno de los grandes héroes olvidados de la epidemiología estadounidense.

Actualmente la pelagra se describe como una demencia debido a una deficiencia dietética de vitamina B3. Las pruebas para el diagnóstico de esta enfermedad son relativamente sencillas, así como su tratamiento.

Es posible que muchos de nosotros hayamos visto referencias de la pelagra en la literatura y en el cine sin saber que se trataba de esta patología. Un ejemplo de ello es la película La tumba de las luciérnagas, en la que no se mencionaba la pelagra pero uno de sus protagonistas sufría la sintomatología:

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