No soy capaz de aguantar, resignarme ni adaptarme: Intolerancia a la frustración

Una mala compañera para el confinamiento

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La poco esperada situación de confinamiento que se está viviendo no es de gusto de nadie. El encierro no voluntario y, para muchos, el aislamiento u opuestamente el hacinamiento, hace surgir sentimientos tales como ansiedad, claustrofobia e irritación.
Todos estos estados son normales, dadas las circunstancias que nos rodean, y resultan bastante molestos. Pero de la molestia a la catástrofe hay una gran distancia. Y es que son muchas las personas que están experimentando sentimientos devastadores, una autentica infelicidad que no resulta ser en absoluto proporcional a los eventos objetivamente reales.
En la mayor parte de estos casos, esta sensación viene provocada por una intolerancia a la frustración. Si quieres saber más sobre este tema, continua leyendo.

¿Qué es la intolerancia a la frustración?

La intolerancia a la frustración no es otra cosa que la incapacidad de afrontar un evento adverso que puede ocurrir normalmente en la vida diaria.

Durante nuestras vidas experimentamos acontecimientos felices y otros tristes. Algunos placenteros y otros dolorosos. Pasamos momentos de ímpetu y otros dolientes. Se alterna la comodidad con la adversidad. Y esto es, en definitiva, estar vivo.

Pero si los eventos positivos se interpretan como la normalidad y los negativos, que también deberían entrar dentro de la normalidad vital, se perciben como algo atroz, se desarrolla lo que se denomina intolerancia a la frustración.

La plaga moderna

El estado de bienestar ha sido un objetivo perseguido durante décadas, y es causa y consecuencia de un evidente desarrollo social repleto de beneficios.

Esto, unido a las comodidades vitales de las que actualmente gozamos, lleva a muchos a pensar que el confort es lo normal, siendo excepcional cualquier tipo de adversidad que se interponga en el transcurso diario.

Igualmente, el avance de los medios de tecnología, comunicación y servicios hace que todas estas comodidades sean de acción inmediata, no teniendo que hacer esperar al malestar que se sufre.

Un dolor de cabeza: pastilla. ¿Aguantar el dolor, para qué? Una noche de insomnio: pastilla. ¿Pasar la noche en vela, para qué? Rompo con mi pareja: pastilla. ¿Pasar tristeza, para qué? Se muere mi perro: pastilla. ¿Pasar el duelo, para qué? ¿Para qué sentir algo desagradable? Los tiempos de experimentar, sentir y, en conclusión, vivir han quedado ya obsoletos.

Asimismo, se ha adoptado una absurda creencia que provoca un exceso de sobreprotección de los menores basada en la supuesta evitación de traumas para los mismos, como si los momentos negativos de la vida no fuesen normales, sino dañinos para ellos. Evitar que los niños vivan circunstancias desagradables, negativas y evitar que escuchen malas noticias o problemas, con el fin de que sean más felices, en realidad solo conduce a que en el futuro sean más infelices, puesto que muy probablemente desarrollen intolerancia a la frustración.

Estamos en uno de los períodos sociales más extraños de la historia reciente, la época de los ofendiditos. Sí, y es que cualquier opinión diferente a la propia, crítica negativa o perspectiva contraria parece dañarnos, agraviarnos e irritarnos. Vivimos la era de la intransigencia en la que la intolerancia se ha convertido en una auténtica plaga.

Durante el transcurso vital hay cosas que salen bien y otras que salen mal. Habrá momentos en los que sintamos miedo, y otros en los que experimentemos mucha seguridad. Hay ocasiones en las que se acierta y otras en las que nos equivocamos, y en eso consiste el aprendizaje en nuestras vidas. Sentir frustración por los eventos negativos que nos encontramos no es negativo, es normal.

Lo inverosímil es no ser capaz de asimilar el revés, no poder enfrentarnos a un fracaso o no ser capaces de superar una tragedia. Todo esto va contribuyendo a que nuestra capacidad de afrontar una frustración se vaya cada vez mermando más hasta desencadenar una autentica intolerancia.

¿Pero qué ocurre si no hay solución o si ésta no es inmediata? El confinamiento es un ejemplo de esta situación y ha hecho resurgir y descubrir lo intolerantes que podemos llegar a ser con respecto a la frustración.

¿Qué puedo hacer?

No es posible cambiar la situación que nos atañe, pero sí podemos cambiar lo que hacemos en esa situación.

En este sentido, podemos plantear lo siguiente: Nos sentimos incómodos, insatisfechos o infelices porque no estamos en el lugar que nos gustaría.

Pero, ¿y si estuviéremos en cualquier otro lugar? ¿Nos encontraríamos cómodos, satisfechos o felices por ello? Seguramente, no. Puede incluso que deseáramos estar en otro lugar diferente y así sucesivamente. El motivo de la felicidad no reside en el lugar, sino en nosotros mismos. No importa donde estemos, importa lo que hagamos y de ello depende nuestro bienestar.

En conclusión, no se trata de resignarse, ni de tener paciencia ni de aguantar. Se trata de disfrutar el momento, independientemente del lugar, y sacar provecho de ello. Las situaciones que se interpretan como adversas pueden resultar, en ocasiones, oportunidades para algo en lo que nuestra frustración no nos hace reparar.

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