Intolerancia a la frustración: ¿Por qué surge?

Causas

La intolerancia a la frustración es la incapacidad de afrontar un evento adverso que puede ocurrir normalmente en la vida diaria. Es una sensación negativa que se relaciona con la poca capacidad de adaptarse a los cambios y/o de aceptar la realidad.
La intolerancia a la frustración puede ser algo muy negativo y causar un gran malestar. Puede aparecer en momentos muy concretos o continuamente a lo largo del día de la vida de una persona, en función de su grado de intolerancia. El gran problema de esta situación es que impide ser feliz a las personas que lo padecen.
Si quieres conocer cómo se produce la intolerancia a la frustración y cuáles pueden ser las consecuencias, continúa leyendo.

Intolerancia a la frustración aquí y ahora

La frustración es una emoción normal cuando se produce el fracaso de algo que se deseaba.

Si quieres conocer más sobre la tolerancia a la frustración, pincha aquí.

La sensación de frustración la hemos padecido todos de un modo u otro y a nadie nos ha sido agradable. El problema surge cuando esta frustración nos afecta en exceso a nuestra vida laboral, familiar y/o social, o cuando nos provoca un gran sufrimiento que nos afecta al estado de ánimo. Estas situaciones son indicativas de tener una baja tolerancia a la frustración.

¿Por qué ocurre?

La intolerancia a la frustración no es innata, es decir, nadie nace con un sentido más alto o bajo frente a las situaciones adversas. Se trata de una condición adquirida, ya sea a lo largo de los años o que se haya ido desarrollando a la par que nuestra educación o percepción del mundo.

Los motivos más frecuentes de intolerancia a la frustración son:
Factores personales: Hay personas que son más anacásticas que otras. Así, nuestra capacidad para obsesionarnos con un objetivo, o nuestra capacidad de logro, varía según la personalidad. Las personas más cuadriculadas, más obstinadas o con un sentido de la ambición más marcado presentarán una mayor intolerancia a la frustración.
Asimismo, la edad influye en nuestra capacidad de adaptación. Aunque parezca paradójico, a mayor edad, menor capacidad de adaptación presentan las personas. A pesar de que sería lógico que alguien con más experiencia vital fuera más adaptable que una persona joven, esto no ocurre así. El motivo es la plasticidad sináptica cerebral, ya que el proceso de envejecimiento conlleva la merma de la plasticidad cerebral y, por consiguiente, la menor habilidad de afrontar el cambio.

Locus de control: Las personas con un locus de control externo tienen menos tolerancia a la frustración que las personas con locus de control interno.

Si quieres conocer más sobre el locus de control, pincha aquí.

Esto ocurre porque las personas con locus de control interno se responsabilizan más de sus actos y tienen una mayor capacidad de solución de problemas, lo cual les permite adaptarse mejor al cambio que aquellas personas con locus de control externo.
Las personas con un locus de control externo perciben que los sucesos desafortunados de la vida ocurren sin que ellos sean capaces de intervenir, cambiarlos o remediarlos. Esto dota a las circunstancias vitales de un carácter de falta de control, de incertidumbre y, en definitiva, de estar a merced de los acontecimientos. Esta falta de dominio de las diferentes situaciones hace a estas personas más intolerantes a la frustración.

Situación vital: La mayor o menor tolerancia a la frustración que tiene una persona no es inmutable. Se trata de algo que va cambiando a lo largo de la vida en función de las experiencias vitales.
Hay que considerar que la capacidad de adaptación al cambio es algo que se aprende y, como habilidad que es, si no se entrena se va mermando. De este modo, un estilo de vida relajado en el que no se tenga que hacer frente a grandes cambios o a la adaptación va a provocar que la tolerancia a la frustración disminuya.
Exacto, una persona en un estado de bienestar, con muchos años sin salir de su zona de confort, tendrá menos tolerancia a la frustración que alguien acostumbrado a adaptarse a los cambios frecuentemente.

Educación: La educación que se recibe en la niñez es, tal vez, el factor con más peso para el desarrollo de una intolerancia a la frustración.
Una educación bajo un estilo permisivo y/o sobreprotector va a incapacitar al niño para que en el futuro sepa afrontar problemas y obstáculos. De este modo, es posible que unos padres quieran todo lo mejor para sus hijos a través de una gran protección y dándole todos los caprichos cuando, en lugar de hacer al niño más feliz, están provocando una infelicidad patológica futura en el mismo.

Si quieres conocer más sobre los estilos educativos, picha aquí.

En definitiva, todos tenemos más o menos tolerancia a la frustración, pero hay personas tan intolerantes a la misma que cualquier obstáculo les causa un gran malestar, afectando en gran medida a su calidad de vida y, por consiguiente, a su felicidad.
El actual estado de confinamiento es una situación que va a poner a prueba nuestra capacidad de adaptación y, consecuentemente, nuestra tolerancia a la frustración.
Si percibimos que esta circunstancia de encierro nos está afectando a nuestra felicidad y estado de ánimo, lo más adecuado es acudir a un profesional que pueda darnos estrategias útiles de afrontamiento.

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