¡(IN) FELICES FIESTAS!

¿Por qué la Navidad es tan detestada por muchos?

Artículo escrito por: Elías Almansa

El “¡Felices fiestas!” está a la orden de estos días.

Mientras que en las cabezas de algunos repiquetea el Last Christmas de George Michael o el clásico repertorio de villancicos, otros escuchan algo más parecido al Feliz Falsedad de Soziedad Alkoholika (o, en su defecto acentuado, el redoble de campanas de la banda sonora de La profecía).

Y es que la época navideña puede ser del gusto de algunos y del disgusto de otros, pero no pasa indiferente para nadie.

“Detesto la Navidad”

Es frecuente escuchar la afirmación de que se aborrece la Navidad. No son pocas las personas que enterrarían la cabeza el día 21 de diciembre, antes de que los pillen los niños de San Ildefonso, para volver a asomar cuando los Reyes Magos partan lejos de la ciudad.

Muchas fiestas y celebraciones significativas causan disgusto a muchas personas (para gustos, colores), pero la animadversión a la Navidad parece estar más generalizada, ser más significativa, enfatizada y cada vez más extendida.

¿Por qué ocurre esto? La razón del incremento y generalización de la antipatía a la Navidad se produce por varios factores no casuales. En el presente artículo se tratarán estos factores responsables de la antipatía que a muchos les provoca la Navidad.

Factor 1 que causa antipatía: El condicionamiento

Como se ha comentado, hay personas que son más afines a un tipo de festividad que a otras, pero la diferencia entre la Navidad y el resto de las festividades es que, además de ser una de las más dilatadas en cuestión temporal, implica un despliegue único de preparativos, colorido, víveres, bandas sonoras, luces y decoración. En definitiva, un atrezo imposible de eludir.

Estos elementos dotan a la Navidad de una distinción frente al resto de las fechas señaladas, algo que inevitablemente condiciona a las personas.

De este modo, el mero hecho de ver determinadas luces o los productos típicos de la fecha indica que ya es Navidad. Es posible rehuir de ciertas festividades, no participar en ellas y que pasen sin apenas conciencia de las mismas. Pero de la Navidad no hay escapatoria.

No hay escapatoria de la Navidad

Cada rincón de la ciudad se encuentra decorado al efecto, al igual que los hogares de nuestro entorno. Los establecimientos no sólo exhiben dicha decoración sino también productos representativos de la fiesta, y todo ello acompañado de melodías afines.

Asimismo, los medios de comunicación parecen no hablar de otra cosa, de modo que el contexto y el ambiente cotidiano se trasforma y nos comunica continuamente que ya es Navidad.

Esta condición inherente de la Navidad tiene una doble dimensión que puede afectar muy positiva o muy negativamente.

Para los que la Navidad es de su gusto, obviamente comienzan a sentir la primera chispa festiva ya en noviembre a la llegada de los primeros turrones a los supermercados.

Por el contrario, la situación es muy distinta para aquellos resentidos con la Navidad, ya que un mes antes comienzan a anticipar lo que muchas veces es un simple disgusto o incomodidad, hasta verdadera angustia. Y en este último sentimiento mucho tiene que ver el condicionamiento.

La Navidad pretende inspirar alegría, familiaridad e incluso felicidad, pero muchas personas la asocian con todo lo contrario.

La vivencia de un suceso dramático y/o doloroso será rememorada exponencialmente cada aniversario, si ocurre en Navidad.

En este sentido, la muerte, por ejemplo, de un ser querido durante cualquier época del año (aunque sea festivo) no estará tan condicionada como si sucede en Navidad.

Asimismo, es posible que determinados sucesos desagradables ocurridos en Navidad nos condicionen para que el resto de las Navidades nos traigan malos recuerdos.

Cabe señalar, además, que aunque los sucesos traumáticos y las muertes de seres queridos se producen durante todo el año, la Navidad es un caldo de cultivo para los mismos.

No existen estadísticas del número de muertes o accidentes ocurridos en Navidad con respecto a otras fechas significativas, pero los excesos navideños, el consumo de alcohol, las reyertas familiares y sociales varias, así como las operaciones salida y entrada son indicadores de riesgo para identificar un “se masca la tragedia”.

Las reuniones familiares y los encuentros anuales suelen ser la tarjeta de presentación navideña. Esto es causa de alegría y, en la mayor parte de los casos, es positivo, excepto cuando las condiciones no lo permiten.

Un intento frustrado de encontrarse con un ser querido que reside lejos, o al que se ve en escasas ocasiones, resulta muy doloroso, pero cuando ocurre en Navidad, dado que estamos habituados a este tipo de encuentros, resulta horrible.

La Navidad, por consiguiente, nos condiciona, año tras año, positivamente para algunos y negativamente para otros. Y esta negatividad fruto del condicionamiento es uno de los factores más frecuentes que apadrina la afirmación “detesto la Navidad”.

La Navidad puede condicionar negativa o positivamente

Factor 2 que causa antipatía: El deber

Lo sepas o no lo sepas, todos somos susceptibles y vulnerables, en mayor o menor medida, a la deseabilidad social.

La deseabilidad social no es otra cosa que la afirmación de “yo lo que más veo en la tele son los documentales de animales de La 2”, sin querer faltar a la verdad pero no siendo realmente cierto.

Es decir, la deseabilidad social es el modo, generalmente no consciente, en el que tendemos a comportarnos para agradar a los demás o situarnos en una perspectiva social supuestamente correcta.

La Navidad, plagada de tradiciones, creencias y modos de actuación predeterminados, atrae la deseabilidad social.

Esto no sólo ocurre a nivel comportamental (los obligados compromisos, encuentros familiares e intercambio de regalos), sino que también se refleja a nivel emocional.

La Navidad se rige por la deseabilidad social

La Fiesta obliga a que sea socialmente deseable irradiar felicidad, amor y algarabía, pese a lo que pese, pese a que se esté enfermo, pese a que se esté emocionalmente dañado, pese a que se esté con ansiedad o simplemente sin ganas.

La Navidad no es empática, no entiende de otros sentimientos que los suyos propios y tampoco perdona que no se compartan.

La presión de tener que actuar de una determinada manera ni siquiera parece ser suficiente. El ser incapaz de sentirte feliz o disfrutar de las fechas provoca sentido de culpa.


Todo esto, unido a la presión social de reuniones de obligada asistencia a nivel familiar, social y laboral, puede conformar una bomba de sentimientos encontrados en forma de deseabilidades sociales que en muchos casos estallan en la afirmación “detesto la Navidad”.

Factor 3 que causa antipatía: El estrés

La Navidad es la primavera del estrés, ya que este aflora conforme entran las fechas. Esto ocurre por varios motivos, la mayor parte de ellos relacionados con el elemento, ya comentado, del deber.

El primero es que la Navidad, como se ha señalado, crea imposiciones.

Una de ellas son las reuniones obligadas familiares, sociales y laborales, pero también parece imponerse la necesidad de tener que consumir, tanto costosos víveres típicos (y no típicos) de las fechas como bienes materiales (ya sean estos en forma de regalos, autoregalos, decoración, ornamentos hosteleros que parecen tener que renovarse año tras año, etc.).

El deber, además de ser un factor que puede desembocar en el aborrecimiento de la Navidad, causa estrés, otro elemento que se suma a las causas que provocan el aborrecimiento navideño.

Muchas reuniones resultan ser compromisos a los que no se desea asistir.

Asimismo, es posible que se produzca el encuentro con personas que no son de nuestro agrado y que, en otras circunstancias, se evitarían.

La obligación de estos encuentros indeseables, la obligación de comprar regalos, la obligación de consumir en exceso (aunque no se pueda la fuerza de voluntad se repliega ante la ruptura de la rutina o se sucumbe ante la presión social del “por un día no pasa nada”) y la obligación de ser feliz provocan estrés.

Por otro lado, se encuentra la actividad laboral que ya en sí misma provoca estrés. A pesar de que hay días de fiesta oficial, no todas las personas cesan su trabajo en Navidad.

Muchos trabajadores no sólo no interrumpen su jornada de trabajo en estas fechas, sino que además la aumentan, ya sea en número de horas o volumen de trabajo, por tener que cerrar el año.

El estrés en estos casos se vuelve a sumar. No solo se trabaja igual o más que el resto del año, sino que además se debe cumplir con las reuniones, los regalos (y sus compras) y demás compromisos obligados.

El gasto económico es otro elemento que provoca estrés. Parece ser que la obligación de gastar y la venida de la famosa cuesta de enero se asimilan con mayor o menor temor, pero nunca sin estrés.

Todo esto, sumado a las multitudes que plagan el centro de las ciudades, los centros comerciales, las carreteras (con sus consecuentes atascos) y los trasportes públicos, contribuye, igualmente, al incremento del estrés.

El ambiente familiar durante las festividades navideñas se ve claramente alterado. En muchas familias el hecho de que los niños estén de vacaciones, la visita y/o estancia de algunos familiares o el mero hecho de ser el anfitrión en las reuniones de rigor supone un incremento del estrés.

El estrés ya aflorado se alimenta además de los pequeños sucesos cotidianos que, en otras épocas del año, no tendrían apenas trascendencia.

El estrés, en consecuencia, no sólo nace en Navidad sino que crece y se reproduce en estas fechas.

Factor 4 que causa antipatía: Expectativa Vs Realidad

La Navidad es quizás la fiesta que más se anticipa. Esto provoca que se establezcan unos patrones determinados e imaginarios de cómo debiera ser.

Todo el mundo espera unas Navidades perfectas. Pero no siempre ocurre así. Es posible que no se concedan los días libres solicitados, que fallen invitados o que ocurra algún hecho inesperado.

Esto hace que las expectativas puestas sobre la Navidad sean mayores que la propia realidad, causando en muchos frustración y desasosiego.

Factor 5 que causa antipatía: Creencia Vs Tradición: La muerte del espíritu de la Navidad

Son muchos los que no olvidan el verdadero origen de la Navidad, una celebración religiosa que se desea vivir y compartir en familia.

Celebración que se comienza a percibir como el disfrute de unas vacaciones, el consumismo y el derroche.

El olvido de la raíz navideña conduce a muchas personas al aborrecimiento de la misma.

Ya no se sienten identificados con la fiesta que celebraban antaño y se sienten obligados a participar, activa o pasivamente, en esta nueva concepción navideña que nada tiene que ver con las creencias ideológicas.

Incluso parece una tendencia social bien aceptada el casi tabú que merodea a la Navidad.

Lo políticamente correcto parece haber ganado el combate a lo religioso, y es que parecen evitarse las referencias ideológicas hasta en la decoración por si cupiese la posibilidad de ofender a personas que procesan otros credos (o ninguno), olvidando que la Navidad es la celebración de un festejo de un corte religioso concreto y nada avergonzante.

A continuación se incluye un vídeo, de la serie televisiva South Park, que recrea de manera humorística la situación del tabú navideño.

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