¿Es correcto decirle “no” a los niños?

¿Prohibido prohibir?

Los que pertenecemos a generaciones anteriores hemos podido experimentar cómo la educación que los niños reciben en la actualidad difiere (y en mucho) de la que nosotros recibimos en nuestro momento por nuestros padres.
Y es que el lema “prohibido prohibir”, que muchos escuchamos durante nuestra juventud, parece haberse trasladado al modo de educar a estas nuevas generaciones.
Pero, ¿es adecuado prohibir a un niño? ¿Y decirle “no” frecuentemente”? Si quieres saber cómo proceder adecuadamente antes estas situaciones, continúa leyendo.

¿Es adecuado prohibir a un niño?

A nadie le gusta decir “no”, y menos a un niño, pero, en ocasiones, determinadas conductas o comportamientos pueden ser reprobables. Asimismo, es posible que no consideremos que determinados hábitos como, por ejemplo, el uso de un teléfono móvil, sean adecuados para la edad del niño.

Ante estas situaciones existen multitud de voces que se decantan hacia unas u otras reacciones. De hecho, hemos podido comprobar cómo, con el paso de los años, cada vez son menos recomendadas (y no siempre recomendables) las prohibiciones, medidas que han alcanzado escuelas de demás entornos infantiles, hasta el punto de que regañar se acerca cada vez más a lo políticamente incorrecto o delictivo.

Dicho esto, hay que tener en cuenta tres hechos importantes inherentes a los infantes:

  1. Todo niño carece de experiencia.
  2. Todo niño está en etapa de desarrollo de su sistema nervioso central.
  3. Todo niño esta vivenciando su infancia, periodo que va a repercutir en su adultez.

Estos tres hechos han de ser tenidos en cuenta en la educación de un niño y son significativos en cuanto a prohibiciones se refiere. Y ahora veremos porqué.

Todo niño carece de experiencia

Obviamente, puede parecer que la experiencia de vida de un niño corresponde a sus años de vida, pero esto no es del todo cierto. Los niños no nacen con un sistema nervioso desarrollado, es decir, no son capaces de comprender las cosas tal y como lo hacemos los adultos.

Esta circunstancia hace que los años de experiencia de un infante sean menores que sus años de vida. Es decir, muy pocos.

Decir “no”, prohibir y/o poner límites pueden parecer comportamientos denigrantes, duros, molestos o, incluso, ofensivos. Pero si tenemos en cuenta la corta experiencia de vida con la que un niño cuenta, prohibir sería más una conducta de protección que de agresión.

Exacto. Imaginemos a una familia que deja a los niños a su libre albedrío en la totalidad de sus vidas (las hay). Los niños no solo se sentirían desamparados, sino que tendrían que sufrir todas las malas consecuencias de conductas que no intuían como dañinas.

En este sentido hay que recordar que las personas no somos más que animales mamíferos, los cuales están biológicamente preparados para la paternidad. Esto implica sentimientos de amor hacia nuestros descendientes y de protección.

Prohibir no es más que una protección, y no prohibir nada en absoluto no sería otra cosa que dejar desprotegido al niño por completo.

Todo niño está en etapa de desarrollo de su sistema nervioso central

El cerebro de un niño está en continuo desarrollo. Esto no solo implica, como comentábamos, que el niño cuenta con menos experiencia vital que los años que ha cumplido, sino que este desarrollo va a estar influenciado por sus experiencias vitales, sobre todo, en los dos primeros años de vida.

El cerebro humano se desarrolla hasta la edad adulta. Este desarrollo no solo depende de la información genética inherente a la persona, sino que también influyen factores ambientales.

Asimismo, el cerebro humano posee un área encargada del comportamiento social, como ocurre con todos los mamíferos. Este área se localiza en el lóbulo frontal cerebral, y un mal desarrollo de la misma ocasiona comportamientos asociales y disruptivos.

Esto no significa que un niño mal educado vaya a ser un delincuente en el futuro, pero sí es posible que un niño al que le ha faltado una normativa tenga muchas dificultades sociales futuras.

Es por ello que las normas, tanto sociales en general como personales en particular, deben ser claras y, por consiguiente, administradas a un niño, y prohibir, decir “no” y poner límites forman parte de una normativa.

Todo niño esta vivenciando su infancia

Las experiencias vitales de la infancia repercuten más en una persona que aquellas que se vivencian en otras etapas de la vida.

De este modo, el estilo educativo que se adopta con un niño va a condicionar en mucho su comportamiento y su percepción futura.

Si quieres saber más sobre los estilos educativos, pincha aquí

Existen diferentes tipos de estilos educativos. Una educación basada en las prohibiciones y en los límites corresponde a un estilo educativo autoritario, el cual no es el más adecuado.

Los niños que crecen bajo este estilo educativo suelen tener muchos problemas de autoestima y dificultades para tomar decisiones.

Una educación basada en la no prohibición corresponde a un estilo educativo permisivo, el cual tampoco es el más adecuado.

Los niños que sufren el estilo educativo permisivo tienen dificultades de comportamiento en el futuro, problemas de tolerancia de la frustración, solución de problemas y toma de decisiones.

Por consiguiente, prohibir no es tan nocivo. Obviamente, prohibir por sistema, sin sentido o en exceso resulta perjudicial, pero aun lo es más, si cabe, no prohibir en absoluto.

Regañar, poner límites e imponer normas es algo que se debe hacer con los niños para que estos vivan una infancia adecuada, y son conductas que no van a traumatizar al niño ni perjudicarlo, sino que, al contrario, son beneficiosas para su adecuado desarrollo.

¿Y cuáles son los límites de poner límites? La respuesta es la misma que en la mayor parte de las cuestiones que a niños conciernen: sentido común. No es adecuado poner normas en exceso ni en defecto. Lo más adecuado es regirse por un criterio basado en la sensatez y en la lógica.

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