Detectar las mentiras y al mentiroso

“La primera vez que me engañes, la culpa es tuya. La segunda vez, la culpa es mía”. (Proverbio árabe)

La mentira forma parte del comportamiento humano. Nos mienten, en mayor o menor grado y, no nos engañemos, nosotros también mentimos. Ya sean mentiras piadosas, por deseabilidad social o por obtener algún beneficio, las personas nos servimos de las mentiras para conseguir un propósito.

Pero, ¿es posible detectar las mentiras y, consecuentemente, al mentiroso?

En el presente artículo se tratará el tema de la detección de mentiras y de sus ejecutores.

Vamos a contar mentiras

Las mentiras se crean con el fin de conseguir un beneficio y son inevitables. En este sentido, es imposible, a no ser que se padezca una patología neurológica, no mentir.

Si quieres conocer los motivos por los que las personas mienten, visita el siguiente enlace:

De hecho, las mentiras no solo son inevitables sino necesarias, ya que sin ellas sería imposible vivir en una sociedad tal y como la que conocemos. En este sentido, las mentiras sociales tienen el fin de economizar conversación con información irrelevante y de mostrar un protocolo de acuerdo a lo establecido.

De este modo, si una persona que no nos es cercana nos pregunta en un ascensor cómo estamos, lo más adecuado es contestar “bien” aunque nuestro día haya sido desfavorable. Si todas las personas dijesen lo que piensan en todo momento, más que honrar la verdad estarían honrando la mala educación. De ahí la importancia de no confundir la sinceridad con la grosería.

Miente más que habla

El caso contrario, es decir, mentir continua y sistemáticamente, sí es posible. No hace falta tener una patología neurológica para ser un mentiroso reiterado.

Si quieres conocer las consecuencias de mentir, visita el siguiente enlace:

Obviamente, no es normal que las personas mientan de modo constante, pero aun así ocurre y mucho más frecuentemente de lo que podemos imaginar. Cuando una persona, atendiendo a la expresión, “miente más que habla”, es decir, inventa mentiras incesantemente, suele deberse a una condición o problema psicológico. En estos casos no nos referimos, necesariamente, a una patología mental ni neurológica, pero sí a un problema patente en esa persona.

En concreto, el mentiroso compulsivo suele serlo por las siguientes razones:

Patología. Hay patologías que empujan a la persona a alterar la realidad. Asimismo, hay trastornos psicológicos que conducen a actuar de modo similar. Por lo general, este tipo de circunstancias no se podrían catalogar como mentiras, ya que, en la mayor parte de los casos, las personas que mienten creen que dicen la verdad. Esta circunstancia suele corresponderse a las psicosis.

Adicciones. Los adictos son grandes mentirosos. Mentir es una habilidad y, como tal, se aprende. Un adicto tiene que aprender a mentir para conseguir su objeto de adicción, sobre el que gira su vida y posiciona en el eslabón más alto de prioridades. Asimismo, tiene que mentir para ocultar esa adicción y, a su vez, las mentiras previas. El impulso o la necesidad de consumir es superior que la honestidad.

Personas tóxicas. En este grupo entran tanto los psicópatas como personas con trastornos de personalidad y personas que no padecen ninguno de estos problemas pero que son deshonestas o, vulgarmente expresado, malas. Y es que, por desgracia, la maldad existe sin que tenga que haber necesariamente una patología subyacente que lo justifique. Se trata de lo que normalmente se denomina “persona tóxica”.

Si quieres saber más sobre personas tóxicas, visita el siguiente enlace:

¿Cómo detectar a un mentiroso?

Detectar las mentiras o a un mentiroso no es tarea fácil. Los mentirosos sistemáticos suelen ser bastante hábiles en la labor del engaño y no es para menos, ya que, de ser de otro modo, serían desmontados continuamente y, por consiguiente, sus falsos argumentos.

Existe mucha leyenda urbana y estereotipos de cómo detectar mentiras. Todos ellos son falsos. Tener el dedo corazón ligeramente levantado, rascarse la nariz o moverse de un modo u otro son algunas de las señales que se nos presentan como indicadores de mentiras y las cuales, paradójicamente, son igualmente mentira.

Detectar a un mentiroso no es tan simple como fijarse en como mueve un pie o un dedo o fijarse dónde se rasca. Muy posiblemente, estas conductas correspondan a que tiene un dolor en el pie, una costumbre de hacer un movimiento con el dedo o le pica la zona en la que se rasca.

El modo más eficaz de detectar una mentira y, por consiguiente, al mentiroso es utilizando el sentido común. Y el único modo de saber si algo es o no cierto, es comprobarlo.

Medidas tales como tocarse el cuello, rascarse o hacer uno u otro gesto son inútiles a la hora de detectar una mentira y al mentiroso. Hay que tener en cuenta que hay personas tan expertas en la mentira que son capaces de superar pruebas como la del polígrafo, y a este tipo de personas es casi imposible detectarlas.

Así, no hay un método 100% seguro de detectar las mentiras.

Para hacerlo, como se ha comentado, lo más adecuado es ser sensato, utilizar la lógica y apoyarse en el sentido común. Algunos factores en los que nos podemos fijar son:

La verosimilitud de la narración. ¿Te parece lógico o coherente el relato? Si lo que el otro cuenta nos suena harto extraño o misterioso, lo más lógico es que sea mentira. En estos casos, lo más sensato es no dar en exceso credibilidad a sus palabras y, si es posible, comprobarlo.

Lenguaje paradójico. El lenguaje no solo se limita al oral. Los gestos y las expresiones, así como el tono de voz, son parámetros del lenguaje igualmente importantes que lo que se dice. Si el lenguaje no verbal no coincide con el verbal, es un signo de que nos están mintiendo. Esta contradicción se denomina lenguaje paradójico. Por ejemplo, si alguien sonríe mientras que nos cuenta algo por lo que está preocupado, es un signo contradictorio propio del lenguaje paradójico.

Nerviosismo. Mentir es una conducta considerada socialmente negativa, ya que se falta al sentido de la honestidad, un valor social reconocido. De este modo, cuando alguien miente es consciente de que está teniendo un comportamiento detestable y que, en definitiva, está haciendo algo malo. Asimismo, sabe que se está exponiendo al riesgo de ser descubierto en la mentira. Estos factores provocan que el mentiroso se ponga nervioso y este nerviosismo se manifiesta en signos como variación en la respiración, ritmo cardíaco, presión arterial, conductividad de la piel a través de sudoración, gestos rápidos, lenguaje verbal acelerado o en exceso lento, mirada desviada y nunca a los ojos del interlocutor, etc. Se trata de los parámetros que mide el polígrafo para detectar mentiras, pero este instrumento no es eficaz al 100% y hay personas, hábiles mentirosos, que saber burlarlo. Y si la prueba del polígrafo puede ser eludida, no hablemos de nuestro sentido común.

Conductas sospechosas. La mentira no se limita al ámbito de la conversación. Conductas sospechosas como ocultar el móvil cuando escribe, poner escusas constantes y, en definitiva, cambiar algunos comportamientos habituales en la persona pueden darnos una pista de que algo no cuadra.

Todos estos factores, no obstante, no son de obligado cumplimiento en el mentiroso y tampoco garantías de la mentira. Recordemos que son muchas las ocasiones en las que la realidad supera a la ficción y que nuestro sentido común no es infalible.

Asimismo, el hábil mentiroso conoce cómo sortear este tipo de elementos y hacer de su relato algo sólido y con gran lógica.

¿Qué se puede hacer entonces?

Las pautas para detectar una mentira son eficaces si el mentiroso es amateur o malo en el arte de mentir. Pero de nada nos sirven en el caso de los mentirosos patológicos o sistemáticos.

Por consiguiente, la única forma posible de detectar al gran mentiroso es inmunizarse frente al mismo. No se trata de un procedimiento cómodo, gustoso, ni mucho menos agradable, pero es el único modo de lidiar eficazmente con estas situaciones.

La inmunización contra el mentiroso comporta sufrir sus engaños y mentiras y, lo más importantes, recodarlos. Como si nuestra conducta se tratase de un sistema inmune, debemos padecer primero la enfermedad, en este caso las mentiras, para poder en un futuro identificarlas, tanto a ellas como al mentiroso.

Indudablemente, este procedimiento de nada nos servirá con un mentiroso aleatorio, es decir, alguien a quien no vamos a ver más, pero sí es eficaz para prevenir tipos de mentiras similares.

Para los mentirosos espontáneos nuestra única defensa es tener habilidades para reconocer a una persona tóxica y alejarse de ella en el tiempo más breve posible, ya que un mentiroso recurrente siempre será tóxico.

Por otro lado, en el caso de ser víctimas de mentiras y/o engaños puntuales, no debemos culparnos o sentir vergüenza, ya que todos los seres humanos, inmunizados o no contra las mentiras, con capacidades o no de detectar a personas tóxicas, somos falibles y carecemos, además, de capacidad adivinatoria. De este modo, todo el mundo está expuesto al engaño, sin que esto signifique que no somos lo sufrientemente inteligentes o habilidosos para haberlo detectado.

Por el contrario, si caemos continuamente en la misma mentira y siempre por parte de la misma persona, sería necesario plantearnos qué culpa y responsabilidad hay de nuestra cosecha para que esta situación se repita. Como decía aquel proverbio: “La primera vez que me engañes, la culpa es tuya. La segunda vez, la culpa es mía”.

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