Depresión anaclítica o Síndrome de hospitalismo: Dos mamás falsas, tres mamás atroces, el pozo de la desesperación y el potro

"Nunca, ni en nuestros sueños más retorcidos, pensamos que seríamos capaces de designar sustitutos que fueran tan crueles con sus crías como las auténticas madres". Dr. Harry F. Harlow

Algo extraño comenzó a ocurrir en los orfanatos tras la Segunda Guerra Mundial. Niños totalmente sanos comenzaron a presentar pérdida de peso, insomnio y ausencia de apetito. Además, la mayor parte de ellos presentaba un extraño mutismo y falta de expresión, y su desarrollo psicomotor era evidentemente más lento que el del resto de los niños. Todos estos niños eran menores de 18 meses de edad. Esta circunstancia tenía nefastas consecuencias, ya que muchos de estos niños morían debido a su creciente debilidad, eran más susceptibles a padecer diferentes enfermedades.

Fue entonces cuando el psicólogo René Spitz, en 1945, describe la Depresión anaclítica o Síndrome de hospitalismo, un extraño trastorno derivado del confinamiento de niños en centros médicos u hospitalarios.

¿Qué es la Depresión anaclítica?

Spitz define la Depresión anaclítica como “el conjunto de las perturbaciones somáticas y psíquicas provocadas en los niños durante los 18 primeros meses de la vida por la permanencia prolongada en una institución hospitalaria, donde se encuentran completamente privados de su madre”.

La privación de afecto en niños puede causar depresión

Pero la depresión anaclítica era sólo un término descriptivo. No se conocía por qué ocurría realmente. Fue Harlow, a principios de los años 50, el que realizó un estudio que puede formar parte, de nuevo, del sumario de experimentum horribile de la historia de la psicología/psiquiatría. Harlow intentó explicar esta circunstancia y si se debía realmente a la falta de apego de estos niños como se venía postulando hasta el momento. Harlow realizó 5 experimentos con monos que, a pesar de que ninguno de ellos estaba exento de crueldad, obtuvieron resultados no solo satisfactorios, sino que demostraban, en cierto modo, la necesidad vital de amor.

Harlow intentó explicar las causas de la depresión por falta de afecto

Experimento 1: El confinamiento

El primer experimento fue básico e intentaba recrear, todo lo posible, la situación de los orfanatos. De este modo, Harlow separó a monos recién nacidos de sus madres y los aisló en una jaula donde eran alimentados con un biberón.

Los pequeños monos crecieron bien y no mostraban padecer ningún tipo de enfermedad, pero su comportamiento era diferente al resto de los monos que estaban con sus madres, ya que pasaban gran cantidad de tiempo mirando al vacío o chupándose el dedo. Muchos de ellos, además, adoptaron una postura encorvada.

Cuando los monos fueron más maduros, los juntó con el resto de sus compañeros. Los monos del experimento no sabían qué hacer. No interactuaban ni sentían atracción por las hembras.

Los monos aislados no interactuaban con las hembras

Otro comportamiento inusual era la fascinación que los monos mostraban por una felpa de pelo que recubría las jaulas y que se usaba para dar calor. Cuando quitaban la tela para realizar la limpieza de las jaulas, los monos no paraban de gritar y agitarse. Se probó a privar a los animales de la tela permanentemente. Ninguno de ellos aguantó más de 5 días sin el material, los monos se derrumbaban literalmente y algunos enfermaban y morían. ¿Casualidad? Harlow no lo creía. Quizá esta era el elemento que buscaba y que daba explicación a los sucesos de los niños en los orfanatos. Harlow decidió que era el momento de realizar el experimento 2.

Experimento 2: Mamá de pelo y mamá de alambre

El siguiente experimento consistió en meter en la jaula una madre falsa hecha de la tela que previamente recubría las jaulas y por la que los monos tenían esa gran fascinación.

La mamá falsa estaba confeccionada de un modo rústico. Con cabeza de bola de billar y ojos de reflectores de bicicleta, la mamá tenía un cuerpo cilíndrico hecho de un cojín recubierto por la felpa peluda de la jaula. La mamá de pelo no iba sola. La acompañaba otra mamá hecha de alambre a la que se la dotó de un biberón, única fuente de alimento para los monos.

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Mono chico con “mamá de pelo”. El otro es Harlow (Fuente: Life)

La teoría era que los monos pasarían la mayor parte del tiempo con la mamá alambre alimentándose. Pero ocurrió lo inesperado: los animales pasaban más de 12 horas con la mamá de pelo y únicamente acudían a la mamá alambre para alimentarse y, si podían, tratando de seguir en contacto con la mamá de pelo.

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Mono experimental alimentándose sin dejar el contacto con su falsa mamá de pelo (Fuente: Life)

Con ello, Harlow demostró que el contacto y el calor de una figura materna eran fundamentales para el desarrollo, igual o más que el sustento alimenticio. Y en la mamá de pelo, los monos habían encontrado esos elementos. Pero ¿qué ocurriría si la mamá de pelo fuese cruel? ¿Sería igualmente efectiva para el desarrollo de los animalitos? Harlow decidió que era el momento de realizar el experimento 3.

Experimento 3: Mamás atroces

La idea del tercer experimento era averiguar cómo cambiaba el afecto si se introducía algún elemento en la relación madre-hijo. Así, decidió fabricar tres mamás atroces de aspecto similar a la de las mamás de pelo, pero con la diferencia de que éstas iban a ser crueles con los monos.

La primera mamá estaba equipada con un sistema que zarandeaba al monito cuando se acercaba, acción que asustaba a los animales. La segunda mamá disponía de un mecanismo de aire comprimido que soltaba en ráfagas a los animales y que resultaba muy desagradable para ellos. La tercera mamá tenía unas púas de metal, por lo que los monos se pinchaban cuando se acercaban.

La hipótesis era que los monos se asustasen de las nuevas mamás y que no se acercasen a ellas. Pero el resultado no fue el esperado. Los monos se alejaban de las mamás cuando estas les atacaban, pero volvían cuando estaban calmadas y las acariciaban. Por mucho que las mamás fuesen crueles con los monitos, estos continuaban una y otra vez acudiendo a ellas. Harlow decidió, entonces, que era el momento de realizar el experimento 4.

Experimento 4: El pozo de la desesperación

Harlow, en su siguiente experimento, creó lo que denominó “el pozo de la desesperación”. Consistía en un habitáculo con forma de embudo en el que el animal estaría solo y aislado totalmente de estímulos del exterior. De este modo, se introdujo a los monos en los pozos pocos días después de nacer y estarían en ese lugar un año y 30 días. El fin de este experimento era conocer cómo el aislamiento y la falta de apego podían influir en la vida social.

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Así era el pozo de la desesperación (Fuente: Life)

El resultado fue que los monos, a los pocos días, intentaban huir desesperadamente. Ninguno lo logró. Con el paso de las semanas comenzaron a desistir, quedándose sentados sin realizar movimientos u otra actividad. Se habían derrumbado. La sintomatología observada en los animales era similar a la descrita en la depresión humana.

Tras el año y un mes de aislamiento, los monos eran devueltos a la sociedad, es decir, a una jaula con otros monos. Al contrario de lo esperable, los monos que venían del pozo de la desesperación no interactuaban con el resto, ni mostraban interés por las hembras. La mayor parte de ellos no se alimentaban, teniendo que ser medicados para la evitación de su muerte. Harlow decidió que era el momento de realizar el experimento 5.

Experimento 5: El potro

El objetivo del quinto experimento era averiguar si el aislamiento y la carencia de socialización podían afectar a la relación madre-hijo. Para ello, Harlow ideó “el potro”. El término “potro” no da la impresión de ser algo agradable, impresión correcta, puesto que el potro de Harlow era un artilugio en forma de mesa dispuesto de correas donde atar a hembras de mono con el fin de que quedasen indefensas ante la entrada de machos, que las montarían sin interacción social alguna. Las violaciones se sucedían hasta que las hembras quedaban preñadas. Durante todo este proceso, las hembras permanecieron aisladas.

La hipótesis era que la cría de estas hembras sería criada de un modo similar a la cría de las hembras que habían copulado con los machos normalmente. Pero el resultado tampoco fue el esperado. Todas las hembras mostraban una actitud depresiva, y al parir su conducta era violenta con sus propias crías.

Ante estos resultados, Harlow afirmó lo siguiente:

Nunca, ni en nuestros sueños más retorcidos, pensamos que seríamos capaces de designar sustitutos que fueran tan crueles con sus crías como las auténticas madres. La ausencia de experiencias sociales hace que no sean capaces de interactuar socialmente con sus crías. Una de las madres aplastó la cara de su cría contra el suelo y comenzó a comerle los pies y los dedos. Otra machacó la cabeza de la cría. El resto, simplemente las ignoran.

Tras estos resultados, los experimentos cesaron. Harlow estuvo orgulloso de sus estudios a pesar de saber que engrosarían la lista de experimentum horribile de la ciencia en general y de la psicología en particular. En propias palabras del investigador cuando, en una entrevista, fue preguntado por los monos:

Ustedes deben recordar que por cada mono maltratado, hay un millón de niños maltratados. Si mi trabajo ayuda y es capaz de salvar a los niños humanos, entonces no estoy demasiado preocupado por 10 monos.

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