Consecuencias de mentir ¿Nos compensa realmente?

Difamar: Atribuir maliciosamente a otro vicio que no hemos tenido la oportunidad ni la tentación de practicar (Ambrose Bierce, Diccionario del Diablo)

Que hayamos mentido en alguna ocasión es cierto, pero también lo es que nos hayan mentido, aunque existen personas bastante diestras en el acto de mentir y cuyos argumentos son fácilmente asumibles.

No obstante, esto no las exime de que puedan ser reconocidas. En el presente artículo se tratará el modo de reconocer una mentira y a su dueño, así como las consecuencias de las mismas.

¿Qué consecuencias tiene la mentira?

Como decíamos, la mentira forma parte de nuestra manera de interactuar con los demás y es una forma de evitar conflictos innecesarios, siempre y cuando estas mentiras sean piadosas o correspondan a un determinado protocolo social.

Si quieres saber el motivo por el que las personas mienten, visita el siguiente enlace:

Pero es necesario tener en cuenta que todos nuestros actos tienen consecuencias, y que el acto de mentir no está exento de las mismas, por muy bien que se acometa y muy bien que esté estructurada nuestra invención.

Por ello, no es lo mismo contar una mentira piadosa que vivir toda una falsa realidad basada en mentiras. La primera situación, en el caso de ser descubiertos, tendrá consecuencias mucho menores que el segundo supuesto.

¿Y cuáles pueden ser las consecuencias de contar mentiras? Esto depende de muchos factores, y el principal es si somos o no descubiertos. Si no lo somos, las consecuencias obedecerán a nuestro modo de ser y cómo asumamos el hecho de haber mentido. En el caso de ser desenmascarados, a la primera consecuencia le tendremos que sumar otras.

De este modo, algunas de las consecuencias más comunes de mentir son:

Ansiedad. Esta consecuencia corresponde al modo de ser de cada persona. Puede que mentir nos genere sentido de culpabilidad o remordimientos. Puede que sintamos que hemos defraudado al otro o que éste no se merece el trato que le brindamos. Esta circunstancia depende mucho de nuestro modo de ser, ya que hay personas que no tienen remordimiento alguno en mentir o en realizar otro tipo de actuaciones más detestables que la propia mentira. Asimismo, la ansiedad se puede ver aumentada por el riesgo a ser descubierto, lo cual se suma a lo anterior.

Relaciones sociales. A no ser que seamos hábiles mentirosos, el hecho de haber mentido es muy probable que afecte en el modo con el que nos relacionamos con el o los implicados en nuestra fabulación. El hecho de poder ser descubierto, el sentimiento de haber actuado mal o sentirse culpable pueden hacer que evitemos a esa persona o que nos comportemos de modo distante hacia la misma.

Decepción y otras emociones negativas. Si somos descubiertos, el mínimo sentimiento que va a surgir en el otro es decepción hacia nosotros. Asimismo, la persona afectada puede enfadarse, sentirse traicionada, sentir rabia, etc. La reacción de la víctima de nuestra mentira puede ser muy diferente y muy diversa en relación con el modo de ser de esta persona y con la circunstancia, pero esta reacción siempre será negativa.

Imagen desfavorable. Acordémonos del refranero: “Crea buena fama y échate a dormir, y crea mala fama y échate a morir”. Una persona pillada en una mentira puede arruinar su reputación de por vida. Los conocedores de esta circunstancia percibirán al mentiroso como alguien deshonesto y de poco fiar. No hace falta ser un mentiroso compulsivo para perder toda credibilidad. Una sola mentirá bastará para ello.

Círculo vicioso. “Encuentra un circulo, acarícialo, y tendrás un círculo vicioso”. Exacto, para no ser desenmascarado, para intentar (erróneamente) arreglar una mentira descubierta o para intentar dar más consistencia a una mentira inicial, puede que muchos vean la solución en seguir mintiendo. Esto provocará que cada vez la mentira se rodee de más mentiras, hasta que se forme una gran bola de mentiras tan descomunal, que su destrucción sea imposible. En estos casos, la energía mental para mantener todas estas mentiras será considerablemente grande y requerirá de un esfuerzo tremendo si queremos sobrellevar la situación y salir medianamente exitosos (resultado, en estas circunstancias, poco probable).

¿Entonces, qué se puede hacer?

Para que una mentira no tenga consecuencia alguna, lo más adecuado es no mentir. Pero esta circunstancia es teórica e imposible de llevar a la práctica, dado que el protocolo social nos obliga a mentir necesariamente en muchas situaciones.

En estos casos, una opción recomendable es omitir información y ceñirse a la perspectiva positiva de aquello a lo que nos referimos. Hay que tener en cuenta que las cosas no son blancas o negras, y dentro del matiz de colores hay cientos de opciones. En este sentido, ante una situación comprometida que obliga a mentir para salir de la misma, podemos aferrarnos a alguna parte de verdad en la misma.

Por ejemplo, imaginemos una reunión laboral de compromiso en la que nuestro jefe haya cocinado y esté muy orgulloso de ello, a pesar de que la comida no sea de nuestro gusto (ni del de nadie). Y llega la esperada pregunta: “¿Qué le parece la comida, Rodrigañez?” En este caso, Rodrigañez está en un apuro. Si dice la verdad va a quedar muy mal con su jefe, pero, si miente, puede que cuando su superior pruebe lo cocinado se dé cuenta que algo ha salido mal. Rodrigañez no sabe si su jefe es consciente del sabor de su receta. ¿Qué puede hacer el apurado Rodrigañez? Pues una opción es decir algo positivo sobre la comida que no sea mentira y omitir la parte negativa: “Pues es un plato muy elaborado, realmente, se tiene que contar con una gran habilidad para hacer esta receta que no es nada sencilla”. De este modo, Rodrigañez ha quedado como un señor.

A pesar de que se trata de la mejor opción a la que nos podemos inclinar, obviamente no todas las circunstancias se prestan a ello y habrá ocasiones en las que será imposible actuar de ese modo.

En estos casos, únicamente nos queda una opción: la valoración. Será necesario evaluar los beneficios de mentir en contra de los perjuicios de hacerlo. Tendremos, pues, que comprobar qué nos va a compensar más, si mentir o no hacerlo.

Esta alternativa no es la más deseable, pero, en ocasiones, es la única posible. Por ello, es necesario tener presente la siguiente máxima: “Si no quieres que te pillen, no lo hagas”. Exacto, si valoramos que ser descubierto va a causarnos un perjuicio mayor que el no mentir, nunca debemos sucumbir ante acometer la mentira.

En cambio, si valoramos que mentir, a pesar de ser descubiertos, va a reportar mayores beneficios que el no mentir: adelante, tenemos la puerta abierta.

Un ejemplo claro de esta situación son las mentiras piadosas o por protocolo. Si alguien del ámbito laboral, con el que no tenemos confianza, ni trato, ni amistad, nos pregunta que tal estamos y contestamos que bien, a pesar de llevar un día aciago, las consecuencias de que nos pillen la mentira apenas tendrán repercusión y nos habremos ahorrado explicarle al compañero nuestra complicada vida en estos tiempos difíciles, que a nadie ajeno a nuestro círculo le importa, además.

De este modo, se concluye que mentir es únicamente rentable en los casos que reporte más beneficio que daños, aun si somos descubiertos. Por ello, antes de desplegar la mentira es conveniente ir con la idea hecha de que vamos a ser descubiertos. Esto nos dará una idea más exacta de si nos compensa o no mentir.

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