Las Brujas de Salem: Psicosis colectiva de un pueblo puritano

Y cómo unos malos hábitos alimenticios pueden abocar al desastre

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La historia de las brujas de Salem es conocida por todos, no en vano ha sido fuente de inspiración para numerosas obras cinematográficas y literarias de terror. Pero lo realmente terrorífico de este hecho no han sido las películas ni los libros, sino lo que en realidad ocurrió.
Si te interesa saber más sobre el tema y cómo un pueblo entero se dejó llevar por la psicosis colectiva, continua leyendo.

Circunstancias

No era infrecuente que en las colonias inglesas puritanas de siglo XVII en Estados Unidos hubiese juicios por brujería.
Pero los juicios de Salem, iniciados el 29 de febrero de 1692, no tuvieron precedentes y, por fortuna, tampoco subsecuentes.
El proceso duró más de un año y, aunque sus resultados fueron catastróficos, pocos pudieron explicar qué es lo que realmente había ocurrido en los condados de Essex, Suffolk y Middlesex en la entonces colonia inglesa de Massachusetts (actualmente el Estado de Massachusetts, Estados Unidos).

El desencadenante

Alucinaciones, convulsiones y un frío intenso y repentino en todas las extremidades que daba paso a una quemazón aguda. Esos eran los síntomas que presentaba Betty Parris, hija del Reverendo Samuel Parris, y su prima, Abigail Williams.
Los médicos que las visitaron no conocían patologías con ese tipo de manifestaciones. No sabían qué podía estar pasando. Por consiguiente, la conclusión lógica para la puritana comunidad inglesa era que las niñas habían sido víctimas de brujería.

Acusaciones

Las niñas no tardaron en relatar que habían sido mordidas, pellizcadas y golpeadas. Dichas lesiones, además, se hacían patente en sus extremidades en forma de enrojecimiento y/o pequeñas marcas. Las jóvenes, además, presentaban continuos ataques involuntarios en los que se convulsionaban, con los ojos en blanco y la boca abierta. No fingían.
Cuando el reverendo Samuel Parris preguntó: «¿Quién os atormenta?» las niñas indicaron los nombres de tres vecinas: Sarah Osborne, Sarah Good y Tituba. Las tres acusadas pertenecían a un estatus social inferior al resto de sus paisanos y no eran en exceso practicantes religiosas, por consiguiente todas eran consideradas en la comunidad como marginadas sociales.
Las dos primeras mujeres vivían en la indigencia y Sarah Good, además, estaba embarazada sin ningún marido ni hombre que reclamase la paternidad. Es decir, era una madre soltera en una comunidad puritana. Tituba era una esclava de la familia Parrys de origen barbadense, lo cual dificultaba que se adaptase a las costumbres religiosas de sus señores. Las características de las tres mujeres, todas ellas parias locales y alejadas de la iglesia de la comunidad, las situaban en el centro de la sospecha de brujería.
Tras los arrestos las mujeres fueron sometidas a tortura y obligadas a confesar que eran brujas y a dar nombres de otros u otras implicadas en actos del diablo. Las mujeres admitieron su condición de brujas bajo tormento y también dieron nombres.
No es necesario que se narre lo que ocurrió a continuación: los nuevos acusados, bajo tortura de nuevo, admitieron su culpabilidad y, a su vez, facilitaron nuevos implicados que, a su vez, volvieron a repetir el proceso de interminables acusaciones.

Fallo

Los juicios de Salem finalizaron en mayo de 1693. Se estipula que cinco de los acusados fallecieron en prisión, diecinueve fueron condenados a muerte (14 mujeres y 5 hombres) y otro acusado murió bajo tortura.
Se estima que entre 150 y 200 personas fueron detenidas y torturadas, la mayor parte de ellas sin acusaciones ni juicio formal.
Nadie aportó pruebas objetivas de las prácticas de brujería, únicamente el testimonio de las niñas y otros acusados. Nadie pudo dar tampoco una explicación a la dolencia de las niñas y, si no se trataba de una enfermedad, ¿qué podría ser sino brujería?

¿Qué podía ser sino brujería?

En pleno siglo XXI la respuesta resulta evidente: ergotismo.
El ergotismo (también denominado “fiebre de San Antonio”, «fuego de San Antonio» o «fuego del infierno») es una patología causada por la ingesta de alimentos contaminados por micotoxinas de hongos parásitos, o por abuso de medicamentos que contengan esta misma sustancia. Está causado fundamentalmente por el ergot o cornezuelo que contamina el centeno y, mucho menos frecuentemente, la avena, el trigo y la cebada.
De este modo, los hongos encargados de fermentar el pan de centeno producen ergotamina. La intoxicación por ergotamina provoca convulsiones y contracción arterial, que puede conducir a necrosis y a la aparición de gangrena en las extremidades. La enfermedad comienza con un frío intenso y repentino en todas las extremidades para convertirse en una quemazón aguda. Muchos afectados pueden sobrevivir pero quedar mutilados a causa de la necrosis. Otro de los síntomas descritos era dolor abdominal que finalizaba con la muerte súbita del afectado.
De la ergotamina deriva el ácido lisérgico, que es percusor de sustancias tales como el LSD, un conocido alucinógeno que provoca alucinaciones, pero que no provoca ergotismo ni daña el organismo como la intoxicación por ergotamina, aunque sí produce alucinaciones similares a las inducidas por la intoxicación de la ergotamina.
Actualmente, y gracias a los controles sanitarios de los alimentos, no hay posibilidad de intoxicarse con la ingesta de pan de centeno, aunque es aconsejable no tomar este tipo de alimentos si no están reglamentariamente aprobados.

La respuesta

A pesar de que la respuesta a la dolencia de las niñas es el ergotismo, esto no explicas las lamentables consecuencias de los juicios de Salem. Sí lo hacen, en cambio, el fanatismo y la ignorancia.
Ignorancia por falta de avances médicos, científicos y falta de formación general, derivada de la época en la que se produjeron los eventos y del contexto socio cultural. Esta circunstancia es inevitable.
Fanatismo por la obstinación ante la posibilidad de otras opciones que proporcionaran una posible respuesta, por reducir y dirigir las causas hacia aquello que favorece la ideología fanática y la negación e intransigencia hacia aquello que la ponga en duda o sea contraria a la misma. Fanatismo que alimenta la ignorancia. Esta circunstancia sí es evitable.

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